¡Buen viaje!, John Glenn –el último gran héroe del espacio–

Es difícil comprender hoy la relevancia que John Glenn, uno de los pioneros de la era espacial estadounidense, tenía en 1962, cuando firmó su gran gesta: convertirse en el primer estadounidense en orbitar la Tierra. En plena Guerra Fría, los soviéticos habían tomado la delantera en la conquista del espacio con los vuelos orbitales de Yuri Gagarin y Gherman Titov, en 1961. Glenn fue uno de los siete integrantes del programa Mercurio. Fue el segundo en salir al espacio, después de los vuelos suborbitales de Alan Shepard y Virgil Grissom, y el primero en conseguir un vuelo orbital.

Un millón de personas celebraron el hito en un desfile por las calles de Washington. Cuatro millones hicieron lo mismo pocos días después en Nueva York. «En 1962, John Glenn era el último gran héroe nacional de EE.UU.», dijo el escritor Tom Wolfe en un ensayo en 2009.

La semana pasada nos dejó John Glenn, un pionero de la exploración espacial y el último miembro que quedaba vivo del primer grupo de astronautas americanos, seleccionados en 1959 para volar las cápsulas Mercury que abrirían la senda de la exploración espacial tripulada en EEUU.

John Glenn, el primer estadounidense en orbitar la Tierra, murió el 8 de diciembre de 2016 a los 95 años. Crédito: NASA

Glenn era un hombre que parecía estar impulsado por un propósito primordial: utilizar sus habilidades en la medida de lo posible y aumentar lo que una vez llamó “el cada vez más amplio almacén de conocimiento de la humanidad”. Él dio la bienvenida a lo desconocido y anheló explorarlo. Sin planificarlo, o incluso darse cuenta, se estaba preparando para su misión Mercury durante la mayor parte de su vida adulta. Glenn truncó su carrera universitaria para unirse a los Marines y a los combatientes aéreos en la Segunda Guerra Mundial. En Corea, voló jets, yendo tras misiones de combate con tal fervor que sus compañeros de escuadrón lo apodaron el “MiG Mad Marine” (El marine loco por los MiG, el avión enemigo).

Glenn era un piloto de prueba que acababa de establecer un récord de velocidad transcontinental a finales de 1957 cuando el Sputnik inició la era espacial. Él ansiaba ser parte de ella. Pronto se ofreció a montar una centrifugadora gigante para probar las habilidades de un piloto para controlar una nave espacial bajo la aplastante aceleración del despegue y el reingreso. Al año siguiente, cuando una recién formada NASA fue a buscar astronautas, Glenn fue una elección obvia. Como dijo el jefe de selección de astronautas del Mercury, Charles Donlan en 1997: “Glenn fue el primero que escogimos”.

Al principio del programa Mercury, EEUU aún no disponía de un cohete calificado para vuelos tripulados que pudiera imprimir la velocidad necesaria para situar una cápsula Mercury en órbita alrededor de la Tierra, razón por la que los dos primeros vuelos dentro de este programa fueron vuelos suborbitales de corta duración (de apenas 15 minutos) con forma de parábola en los que se disfrutaba de unos pocos minutos en condiciones de ingravidez en el espacio.

Por mucho que Glenn se sintiera frustrado por no haber sido elegido para el primer vuelo del Mercury –un “salto” suborbital de 15 minutos que su colega Alan Shepard voló en 1961– la primera misión orbital fue una tarea que sacó a relucir aún más las habilidades de Glenn. Una vez pensó en convertirse en médico y estaba fascinado por los aspectos médicos de su próximo viaje. Este era un momento en el que solo dos seres humanos habían estado en órbita, ambos cosmonautas soviéticos, y nadie podía decir cómo respondería Glenn a la ingravidez durante las cuatro horas y media de sus tres órbitas en torno a la Tierra. En la comunidad médica aeroespacial surgieron las dudas. ¿Sus ojos cambiarían de forma o se moverían rápidamente hacia adelante y hacia atrás en una condición llamada nistagmo? ¿El estado de caída libre continuada causaría estragos en su oído interno, causando un mareo incapacitante?

El vuelo de John Glenn fue, por tanto, el primer vuelo orbital realizado por EEUU., y fue posible gracias al empleo de un nuevo tipo de lanzador en el programa: el cohete Atlas, más poderoso que los cohetes Redstone utilizados hasta entonces. El vuelo de Glenn tuvo una duración de casi 5 horas en las que completó tres órbitas alrededor de la Tierra. Estas cifras aún estaban lejos de las 17 órbitas de Guerman Titov a bordo de su nave Vostok, pero constituían un avance muy significativo en la progresión que se hacía en el lado americano.

Esos temores resultaron infundados. Cuando Glenn finalmente llegó a la órbita, él era nada menos que un hombre completamente a gusto en casa en ese ambiente extraterrestre. No solo no se sentía enfermo, sino que descubrió que la ausencia de gravedad generaba una sensación completamente agradable. Antes del vuelo había presionado al jefe de los astronautas, Bob Gilruth, para que lo dejara llevar una cámara para capturar las vistas que ningún estadounidense había visto jamás. Incluso él mismo había comprado la cámara en una farmacia de Cabo Cañaveral.

Simulación de una nave Mercury en órbita, la presencia de los retrocohetes junto al escudo térmico. Fuente: Celestia free software.

Su día de gloria fue el 20 de febrero de 1962. Despegó propulsada por un cohete que había fracasado en el 40% de las pruebas efectuadas. El ímpetu de los soviéticos no permitía mayor seguridad para los pilotos. El lanzamiento lo vio todo el país, con una audiencia de 135 millones de personas en televisión. Glenn consiguió dar la primera de las siete vueltas a la Tierra previstas con el control automático, pero un fallo en la navegación le obligó a tomar los mandos manuales de la nave. A mitad de vuelo, un indicador mostraba fallos en el sistema de protección térmica y que la nave podría incendiarse en su retorno a la Tierra. Se perdió la señal de radio con el astronauta durante más de cuatro minutos. Se temió lo peor, pero la voz de Glenn volvió para reconocer que todo había ido bien, pero que la nave se convirtió en «una verdadera bola de fuego».

En órbita apuntó a través de la ventanilla única y trapezoidal del Friendship 7 para fotografiar desiertos y montañas en África, el océano moteado de nubes y casi toda la península de Florida de un solo vistazo. Todo bajo una fina y brillante cinta azul de atmósfera que separa a la Tierra de la oscuridad del espacio. A medida que la cápsula avanzaba hacia el este a 17.500 millas por hora, iba protegiendo sus ojos del brillo sin filtro del sol. Luego se maravilló ante el espectáculo de una puesta de sol orbital mientras un arco iris de color floreció a lo largo del horizonte curvo. Sobre el lado nocturno de la Tierra, a la luz de la luna llena, divisó abajo una enorme tormenta que se extendía por el Pacífico, con destellos de relámpagos que salían como petardos hacia el horizonte.

Y luego estaban las “luciérnagas” –partes extrañas, brillantes, verde-amarillas que rodeaban la cápsula mientras volaba hacia el amanecer orbital–. No fue sino hasta unos meses más tarde, cuando el astronauta Scott Carpenter hizo su propia misión orbital, que todos se darían cuenta de que eran gotas de hielo creadas por el agua de la nave espacial. Pero, mientras Glenn las estudiaba por la ventana de la cápsula, eran un misterio. Cuando las describió a los controladores en tierra, su voz estaba llena de curiosidad y entusiasmo: era la voz de un explorador en una nueva e interminable frontera.

John Glenn bautizó a su nave como Friendship 7, o Amistad 7, y fue lanzado al espacio el 20 de febrero de 1962 a la voz de un famoso “Godspeed, John Glenn” que pronunciara su compañero Scott Carpenter desde el centro de lanzamiento, una frase que, si bien ha pasado a la posteridad en relación a este vuelo, curiosamente, John Glenn nunca lo llegó a oír dado que no tenía sintonizada la frecuencia en la que emitía Scott.

Su gesta vigorizó el programa espacial de la NASA para las siguientes décadas y convirtió a Glenn en el personaje del momento. Cuando abandonó el programa espacial triunfó en los negocios y tuvo una exitosa carrera en política: fue senador por Ohio durante cuatro mandatos consecutivos. La NASA le regaló el mejor homenaje: en 1998, a los 77 años, se convirtió en el hombre con más edad en viajar al espacio, en una misión del transbordador Discovery. Nadie podría haber imaginado entonces que más de tres décadas más tarde, rompería todas las preconcepciones de la edad aventurándose al espacio por segunda vez.

Nos ha dejado el último representante vivo de un grupo de pioneros en la historia de las exploraciones. Todo un héroe, antes de convertirse en astronauta, John Glenn fue piloto de pruebas y veterano de dos guerras. Acumuló 149 misiones de combate entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea, una guerra esta última en la que llegó a derribar tres MIG. Más tarde, en 1998, John Glenn volvió a volar al espacio a los 77 años a bordo del transbordador espacial Discovery. 

Fuentes: Andrew Chaikin | Scientific American
Eduardo García Llama | El Mundo España
Javier Ansorena | ABC España

Abdiel Santiakob

A researcher in growth. Estudiante de Física Pura.

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